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De las transformaciones del espíritu: el último hombre.

06 May

Siglo 270 de nuestra era. Nos encontramos en un cementerio de residuos nucleares. Se levantan grupos de edificios abovedados que encierran lo eterno, lo eternamente peligroso para los seres vivos. No podemos determinar a priori el lugar, ni el país, ni el continente. Con mucha dificultad determinaremos que continuamos en el planeta Tierra, si nos fijamos en el mapa del cielo. Es el mismo que miraban los antiguos hombres para navegar, es el mismo, poblado de estrellas y constelaciones. Orión nos deslumbra con su grandiosidad, asociado a tantos dioses y hazañas. Cuenta la leyenda que nació de los orines de Zeus, Poseidón y Hermes, en premio a la hospitalidad de un anciano. Hace calor y podemos suponer que estamos en el hemisferio sur, época en la que se ve esta nebulosa. Pero igual es invierno. El calor no tiene por qué ser estacional.

Lo único que rompe la monotonía del lugar es el movimiento acompasado y rutinario de los guardias de seguridad. Están completamente enfundados en una especie de mono del color del aluminio. Recuerdan a los robots mecánicos y articulados, con los que jugaban los niños en la segunda mitad del siglo XX. No parecen afectados ni por el calor, ni por la soledad del lugar y tampoco intentan comunicarse.

Hay una zona que parece dedicada a los transportes subterráneos. Funcionan a la manera de ascensores verticales y horizontales y los destinos son del tipo: taller, cargador de energía, reciclaje, bombas de refrigeración  y museo. En este está guardado, en cámaras a prueba de radiaciones, el último hombre. Después de varios accidentes nucleares se intentaron reciclar los residuos. Pero el hombre no era perfecto, era muy ambicioso y consideró un negocio lo que era cuestión de supervivencia. Algunos diseñaron sus propios refugios. Este es uno de ellos. Los más débiles económicamente desaparecieron.

¿Ciencia ficción? Sí. Pero el futuro no está hecho para nosotros, está por hacer. Será como decidamos que sea. F. Nietzsche hablaba del advenimiento del nuevo hombre en los siguientes términos: él ha sido camello, ha cargado la pesada carga que le ha impuesto una historia y unos valores que él no inventó, ha recorrido el desierto con semejante fardo.  En lo más profundo del desierto, el camello se convierte en el león que busca su propia libertad y ser señor en su propio territorio. Pero el león rapaz debe convertirse todavía en niño, en voluntad que dice sí a la vida. Es un nuevo comienzo.

Siguiendo la hermosa metáfora nietzscheana, ahora le toca a la humanidad elegir su destino. No puede dormir, dejando que los que realmente deciden, los ciegos poderes económicos, determinen cómo debe ser el futuro o si debe haber futuro.

Piraru

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Publicado por en 6 mayo, 2011 en Metáfora

 

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