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La felicidad del suicida

06 May

¿Somos felices en esta sociedad altamente desarrollada y con un planeta enfermo?, ¿es independiente mi felicidad y mi salud de la de la sociedad y de la del planeta?

Imaginemos un diálogo entre un niño japonés de Tokio y otro niño de Ghana en Abril de 2011:

Akira: Mi nombre simboliza la alegría. Lo he tenido todo, amor, seguridad y un futuro despejado en el que parecía que me iba a convertir en inmortal.

Wuagadu: Mi nombre simboliza el rebaño de la tierra. No he tenido apenas nada, solo lo que me ha permitido sobrevivir. Mi futuro se decide en cada momento de mi vida y un día más es un milagro.

  Lo que los niños comparten  y ellos no lo saben es la infelicidad que tiene su origen en un modo de vida determinado. Para Akira el mundo se desmorona el 11 de Marzo de 2011 y cada día que pasa la incertidumbre es mayor, aunque sus mayores disimulen. Wagadu sabe desde hace tiempo que vive entre la basura que le llega del norte. Hoy ha encontrado un disco duro, ha tenido suerte piensa, mientras busca a su contacto para hacer el intercambio. Algo le darán por él. Ha pertenecido a la fábrica del robot que barre la casa de Akira. No sabemos la ruta que ha seguido el desecho.

Pero hay un hilo muy fino entre la vida de Akira y la de Wuagadu aunque estén a 11000 km. de distancia. Lo que ha facilitado la vida del japonés ha arruinado la vida del ghanés y de otros niños que viven a 3500 kilómetros de distancia (Ruanda). Lo que sale en forma de oro azul, el coltan, por ej., se les devuelve en forma de guerra o de basura. Pero no pensemos que este horrible premio es solo para los niños africanos. No hay nadie a salvo en este planeta, ni siquiera los que son culpables  y se creen inteligentes, inmunes e impunes, que solo piensan en el beneficio económico como único motor de la felicidad.

  Decía Baudelaire en “Las flores del mal” respecto de la felicidad: ¿cómo se puede caer tan bajo?. Es el poeta maldito de una época de crisis y de una sociedad hipócrita. Nuestra sociedad occidental desarrollada es como esa acompañante que compró a bajo precio y al llevarla al Louvre se cubre los ojos rechazando ver semejantes indecencias dice, refiriéndose a obras de arte inmortales.

  Ya Aristóteles, ese gran filósofo griego, planteaba que el máximo bien del hombre era la felicidad. A su búsqueda dedica su vida el ser humano, también definido como animal racional. Pero esa racionalidad no es cualquier cosa. Exige excelencia en el perfeccionamiento de lo que es nuestra naturaleza. La felicidad no coincide con bienes materiales,  honores o placer. Estos pueden ayudar, pero no constituyen el fin de la vida. La felicidad se consigue a través del ejercicio voluntario y continuado de lo que debe ser nuestro destino elegido, destino que implica a toda la humanidad. No vamos a coincidir con el filósofo griego en que la naturaleza tiene un propósito. Si lo tuviera, tendríamos que aceptar que da igual lo que hagamos porque no somos libres. Si no somos libres tampoco seremos responsables. Si estas tesis se afianzaran algunos estarían encantados. Pero no es así. No podemos escondernos detrás de la irresponsabilidad para destruir el planeta y la vida en él. Qué conste que he oído a algún humano, no sé si era racional, afirmaciones del tipo: otras especies desaparecen, ¿qué tendría de particular que desapareciera la especie homo sapiens sapiens?.

   Dije más arriba que la racionalidad implica exigencias. I. Kant usaba una expresión muy ilustrativa sobre la condición humana: insociable sociabilidad. Muestra el filósofo alemán la ambivalencia de nuestro carácter, egoísta por naturaleza pero también sociable por necesidad. La razón práctica, la que nos impulsa a cumplir nuestros ideales, los de toda la especie, es incompatible con un proyecto de felicidad que pisotee los derechos de los demás, tener un planeta donde poder vivir con dignidad. No hablo de utopías, hablo de posibilidad y de futuro. Es más, si continuamos atados al carro del desarrollismo ciego y torpe, nuestra especie habrá dado el salto cualitativo dejando de ser sapiens sapiens para convertirse en homo imbécil. La felicidad que embarga a los que se llenan los bolsillos sin escrúpulos en el ámbito de las finanzas, a los depredadores del planeta y la corte política de acompañantes, se parece a la del suicida.

Piraru.

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2 comentarios

Publicado por en 6 mayo, 2011 en Opinión

 

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2 Respuestas a “La felicidad del suicida

  1. Manuel

    9 mayo, 2011 at 9:01 AM

    Si este es el comienzo de tu blog, no me quiero perder ninguno.
    Salu2

     

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