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La jerónimocracia: una enfermedad social.

08 May

Alberto y Manuel pasan la tarde en casa de su abuela Aurora. Han oído muchas veces durante los últimos días el nombre de Bin Laden y la expresión “Jerónimo ha sido abatido”. Aurora sale de la cocina con una gran bandeja en la que trae una gran merienda de esas que solo preparan las abuelas. Aun no se ha jubilado, no estamos hablando de la abuelita de pelo blanco. Además de su trabajo, es una activista que lucha para que se cumplan los derechos humanos y colabora en las campañas de Amnistía Internacional. Los niños han oído muchas llamadas de teléfono durante la tarde, mientras preparaban sus tareas escolares. Ahora juegan.

Manuel: Tiene 11 años y unos ojos grandes y sosegados. Se pregunta para sus adentros por qué Auri anda tan inquieta con el asunto de la muerte de ese terrorista. Era una bestia, no ha oído ni un comentario bueno sobre él.

Alberto: Tiene 6 años y muchas ganas de merendar. Ha visto en la tele en su casa las fotos de varios hombres llenos de agujeros y de sangre. Deben haber sido muy malos para que les hagan eso. Hay una cierta inquietud en su interior. Es como si alguien le contagiara una vibración extraña.

Aurora: ¡La merienda niños!

Manuel: Ya estás otra vez enredada en líos. Seguro que estás defendiendo los derechos de Bin Laden. ¡Pero si es un asesino en serie, un asesino a lo grande!

Alberto: Mis amigos me han dicho que quieren ver su foto muerto, que es como un indio que arrancaba cabelleras. Lo llamaron Jerónimo.

Manuel: (Un poco impaciente con las cosas de su hermano). Auri, a ver si nos explicas algo. ¿Cómo se pueden defender los derechos de un terrorista que se ha cargado a miles de personas inocentes?. Seguro que está mejor muerto.

Aurora: Manuel tienes que entender que todas las personas tienen derechos. Tienes que leer el artículo 10 y 11 de la Declaración de Derechos Humanos. Hablan de la obligación del Estado de garantizar juicios justos, públicos y con derecho a defensa para todos los individuos en condiciones de igualdad.  El propio Estado no está legitimado para suprimir los derechos y libertades proclamados en la Declaración.

Manuel: Todo eso es muy bonito pero no se cumple en muchos países. Mira a los propios países árabes. Muchos ciudadanos luchan para tener, por ejemplo, un poco de libertad. No parece que estén luchando en nombre de Dios, ni nada por el estilo. Te van a detener por hacer apología del terrorismo.

Alberto: Auri, anda con cuidado que te pueden arrancar la cabellera.

Manuel: ¡Cállate enano! Forcejean.

Aurora: No hay excepciones a la hora de cumplir la ley. Incluso la guerra tiene reglas. La Convención de Ginebra tiene una serie de protocolos que hablan del trato digno que debe dársele a un prisionero de guerra.

Manuel: Pues vaya trato que le están dando a los prisioneros de Guantánamo. Te castigan por subrayar un libro o por llevar el elástico del pantalón fuera de su sitio. Algunos son viejos locos de hasta 89 años. La señal para saber si eres de fiar o eres peligroso se establece, por ejemplo, por la marca del reloj.

Aurora: No sabía que tenías tanta información.

Alberto: Es que tiene sus contactos. Seguro que es un espía, así que cierra el pico.

Manuel: Son los papeles de Wikileaks. Pero mis contactos sí me han soplado que la pista de Bin Laden la obtuvieron mediante la tortura en esa cárcel de Guantánamo. La fiesta es permanente en las ciudades de USA.

Aurora: La sociedad está enferma de odio y la democracia en cuarentena.

Se trata de una pequeña historia cotidiana en la que personas de distintas generaciones establecen un diálogo sobre lo que pasa en el mundo de nuestros días. Es un triste mundo que ha abdicado de los principios que el propio ser humano se ha dado a sí mismo, por el simple hecho de existir. Pretendía con ello escapar del estado de naturaleza, del estado de guerra permanente previo al estado civil. Para I. Kant, es un deber de la razón el superar la guerra, el convertirse en ciudadano del mundo con el derecho cosmopolita, que obligue a todos los estados.

No parece políticamente correcto estos días llevarse las manos a la cabeza al ver lo que pasa con ese personaje abominable, llamado Bin Laden. Creo que no debió nacer. Pero tampoco es respetable un estado de derecho que se salta las más elementales normas a la hora de detener a un delincuente. Se le da caza a muerte, sin posibilidad de juicio, se televisa la acción como si fuera una película de terror, se muestran fotografías horrendas, como si de un botín de caza se tratara. Y la sociedad baila y goza, sin pensar siquiera si sus preciosas leyes se han respetado. Nuestros políticos no se atreven a dar la cara, condenando este tipo de ejecuciones. Son pocas las excepciones que reivindican unos ciertos valores para poder vivir.

Albert Camus en “El hombre rebelde”, nos habla de un hombre poseedor de dignidad. Este principio no puede ser arrebatado por nadie. El hombre desposeído de dignidad tiene derecho a la rebelión y la impresión del rebelde es que tiene de su parte la razón. Hay un límite que no se puede traspasar, si se hace se ha entrado en el ámbito de lo patológico, en el territorio de la bestia.

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Publicado por en 8 mayo, 2011 en Metáfora, Opinión

 

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